e mërkurë, 23 janar 2008

14: LA CAIDA DEL HOMBRE

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14: LA CAIDA DEL HOMBRE

En la última charla les hablé acerca del pacto que Dios hizo con el hombre en el estado en que lo creó. Las cláusulas del pacto fueron muy sencillas. Si el hombre obedecía a la perfección los mandamientos de Dios viviría; si desobedecía, moriría. Ese pacto equivalió a una prueba a la que Dios sometió al hombre.

Hacia el final de la charla mencionamos que la prueba no iba a durar para siempre, sino que iba a ser sustituida, caso de que el hombre la pasara con éxito, por un estado de bienaventuranza segura. Si bien esto no se afirma en forma expresa en la Escritura opino que los teólogos tienen razón en decir que está claramente implícito.

Si tienen razón, entonces debemos completar en una forma fundamental lo que hemos dicho acerca del estado original del hombre.

En las últimas dos charlas insistimos, frente a ideas erróneas de distinta naturaleza, que el hombre fue creado bueno. La imagen de Dios, según la cual la Biblia nos dice que el hombre fue creado, no consistió tan sólo en libertad personal, sino que incluía también conocimiento, justicia y santidad. El hombre fue creado como Dios no sólo por ser persona sino también por ser bueno.

Sin embargo, debemos mencionar que si bien el hombre fue creado justo no fue creado en el estado más elevado que era capaz de alcanzar. Era justo, pero había en él la posibilidad de llegar a ser injusto, perverso. Le quedaba un estado más elevado por alcanzar. Era un estado en el que incluso la posibilidad misma de pecar no existiría.

Dios quiso colocar ante el hombre ese estado más elevado como meta a alcanzar por medio de un mandato concreto. "Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás," dijo Dios. Esa fue la piedra de toque de la obediencia del hombre; esa fue la prueba del hombre.

Si la prueba hubiera sido superada con éxito, entonces el hombre habría sido recibido de inmediato en la vida eterna. Esa vida ya la poseía antes, pero entonces habría tenido la seguridad de ella. Todos los "si" que afectaban a la promesa de vida habrían sido eliminados. La victoria habría sido conquistada. Nada jamás habría podido separar a Dios de su criatura.

El desenlace, sin embargo, fue muy otro. El hombre quedó, como dice el Catecismo Menor, a merced de su propia voluntad, y la usó mal. Hubiera podido haber escogido el camino de la vida, pero de hecho escogió el de la muerte; al pecar contra Dios perdió el estado en el que había sido creado. Fue en verdad una decisión equivocada.

Cuando decimos que el hombre era libre y que escogió el camino de la muerte, no queremos decir que dicha decisión estuviera fuera de los planes eternos de Dios. No queremos decir que sorprendiera a Dios con su pecado. Por el contrario, el plan eterno de Dios, como vimos cuando tratamos de los decretos de Dios, lo abarca todo. Inc1uso el pecado del hombre ocurrió de acuerdo con el consejo de la voluntad de Dios.

Pero tal como observamos al tratar de ese tema, Dios hace que cada cosa suceda en forma distinta. Por ello Dios hizo que el hombre cayera en una forma que pusiera del todo a salvo la libertad personal y la responsabilidad del hombre. Dios no es el autor del pecado. El tentador y el hombre mismo fueron los autores del pecado del hombre. La justicia de Dios es siempre intachable. Con todo, Dios se sirvió incluso de un mal tan terrible para su propósito santo; Dios permitió que el hombre cayera.

No me pregunten, sin embargo, por qué lo hizo. No se lo puedo decir. Ese es el misterio eterno del mal; nos resulta un enigma insoluble. Debemos confiar en que la solución del mismo está en Dios.

Una cosa, no obstante, está clara. El hombre no tuvo excusas para pecan. Fue culpable ante Dios. Dueño de su propia voluntad, pecó contra Dios y por ello perdió el estado en el que había sido creado.

Esto nos lleva de la mano a un problema sumamente importante, el problema de "¿Qué es el pecado?" Es un problema que no podemos dejar de lado. Por haberlo resuelto erróneamente le han sobrevenido desastres sin fin al género humano y a la Iglesia, y en la solución adecuada al mismo se halla el comienzo de la senda de la salvación.

¿Dónde hallar la solución de problema tan importante? Trataré de ello en mi próxima charla. Pero me parece que es muy conveniente comenzar con una revisión de lo que la Biblia dice acerca de la forma en que entró el pecado en el mundo.

El Libro de Génesis nos los describe en una forma maravillosa. El lenguaje es muy simple, casi elemental. Pero ¡qué visión tan penetrante nos ofrece de las honduras del alma humana!

"Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás"
Se ha comentado que no se le da a Adán ninguna razón de por qué no debía comer de ese árbol, y se ha observado que ese hecho quizá es significativo. Comer del árbol en sí mismo desde luego que no era malo; el mandamiento de no comer del mismo no se basaba 'en ningún instinto de la naturaleza humana. Parece por tanto muy evidente que fue una simple prueba para la obediencia del hombre. ¿Obedecería el hombre los mandamientos de Dios sólo cuando alcanzara a descubrir la razón de los mismos, o los obedecería con sólo saber que se trataba de mandamientos de Dios, ya que ello implicaba que alguna razón había tenido al darlos y que eran santos, justos y buenos? ¡Con qué claridad y sencillez aparece esto en el relato de Génesis!

Igualmente sencilla y profunda es la descripción siguiente, la de la tentación y caída.

Adán y Eva se hallaban en el huerto. La serpiente le dijo a la mujer, "¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?"

Me parece que ya en esas palabras se puede descubrir el principio de la tentación. Se le pide a la mujer que contemple lo que Dios ha prohibido como algo deseable. Se da a entender que tos mandamientos son duros; se insinúa que quizá incluían la prohibición de comer de cualquiera de los árboles del huerto.

0 bien quizá se intenta hacer dudar del hecho mismo del mandato. ¿Conque Dios os ha dicho?' dice el tentador. Se le hacen ver a la mujer los mandamientos como un obstáculo que sería deseable superar. ¿No hay escapatoria? ¿Ha prohibido realmente Dios esto y aquello? ¿Quiso realmente prohibir comer de los árboles del huerto?

La respuesta de la mujer deja claro el hecho ?cuando menos en líneas generales. El mandato de

Dios no prohibía comer de cualquier árbol del huerto, sino de uno. "Y la mujer respondió a la serpiente : "Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis."

Entonces por fin llega el ataque directo a la veracidad de Dios. "No moriréis," dijo el tentador. "Morirás," dijo Dios; "No moriréis," dijo el tentador. Por fin se entabla la batalla cara a cara. Dios, dijo el tentador, ha mentido, y lo ha hecho para que el hombre no disfrute de algo bueno. "No moriréis," dijo el tentador: "sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien .y el mal."

A este respecto quizá nos preguntemos qué parte de verdad contenían esas palabras del tentador. Esas palabras fueron mentiras, pero las mentiras verdaderamente diabólicas son las que contienen un elemento de verdad, o, mejor, son las que distorsionan dé tal modo la verdad que la mentira parece que fuera verdad.

Sin duda que fue cierto que de comer del fruto prohibido Adán iba a alcanzar un conocimiento que no tenía. Esta parece ser la idea del versículo 22 del mismo capítulo de Génesis, donde leemos: "Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal." Sí, parece haber sido verdad que al comer del fruto prohibido el hombre vino a conocer algo que antes desconocía.

Antes no había conocido el pecado; ahora lo conocía. Antes sólo había conocido el bien; ahora conocía el bien y el mal. Pero ¡qué maldición fue ese nuevo conocimiento, y qué pérdida tan inmensa tanto de conocimiento como de todo lo demás trajo consigo ese nuevo conocimiento!

Ahora conocía el bien y el mal; pero, por desgracia, respecto a su propia experiencia, el bien sólo lo conocía en recuerdo; y el mal que conocía lo conocía para su condenación eterna. En otras palabras, la inocencia se había perdido.

Respecto a esto la pregunta que nos viene espontáneamente a la mente es si la inocencia era el estado más elevado del hombre. ¿Es la forma más elevada de bondad la que es buena sólo porque nunca se ha conocido el mal? ¿O hay una bondad más elevada que consiste en mantenerse firme ante la embestida del mal?

Bien, creo que hay que tener mucho cuidado en contestar a esa pregunta, y no me parece que debamos aceptar ninguna respuesta que haga necesario hacer el mal para producir el bien. Tal error sería en verdad destructor; porque si el mal es necesario para que exista el bien, si el bien no pudiera existir sin que estuviera presente el mal, entonces el dejaría a veces de ser mal y vendría a ser una especie de bien. De hecho, en un caso así ? si el mal fuera necesario para el bien ? debería aceptarse que el mal tuvo su lugar en la vida de Dios mismo antes de la creación del mundo; y esto es una blasfemia horrenda.

Pero creo que podemos decir que en el caso del hombre tal como de hecho fue creado, y con el mal .ya presente en el mundo de lo creado, la resistencia a la tentación era una senda hacia un nivel más elevado de perfección que la inocencia en la que fue creado.

No quiero decir que siempre sea adecuado buscar la tentación para poder demostrar lo bien que la podemos resistir. El pensar en semejante situación es una de las artimañas que el diablo emplea más a menudo. El hombre que siente disgusto por lo que Satanás llama inocencia infantil y busca en forma deliberada la tentación ya ha cedido a la misma, y en ese esfuerzo por ir más allá de la ignorancia infantil ha demostrado ser en el peor sentido de la palabra un niño y un incauto. "No nos pongas a prueba" ? esa petición de ? la oración que el Señor enseñó a sus discípulos debería ser la oración del cristiano fuerte, y creo que es correcto decir que cuanto más fuerte y maduro es el cristiano tanto más fervientemente repetirá esa oración.

Es muy diferente, por el contrario, que la tentación llegue no por voluntad propia ? cuando la odiamos y con todo llega. En esos casos puede ser ocasión de alcanzar nuevos triunfos. " "Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas", dice la Carta de Santiago; y el sentido' del versículo no cambia ya sea que se tome prueba en el sentido de tentación ya en el de persecución, como las que tuvieron que afrontar los primeros cristianos. Esas "pruebas" se considera que implican tentación ? la de desaliento, la de infidelidad a Cristo y otras por el estilo. Sea como fuere Santiago emplea en este caso la misma palabra griega que figure en la Oración del Señor tal como se refiere en el Evangelio de Mateo.

Así pues, nuestro Señor nos enseñó a orar, "No nos pongas ,a prueba"; y con todo el autor inspirado de la Carta de Santiago nos invite a tener por sumo gozo ser sometidos a pruebas. ¿Es acaso una contradicción? En absoluto. Buscar la tentación es malo; pero cuando llega puede ser instrumento de bendición, si Dios nos da fortaleza pare resistir. Seria malo, por ejemplo, pedir la tentación que acompaña a la persecución por parte de los enemigos de la fe; sería muy malo pedir a Dios: "Señor, haz que ese gobernante tirano persiga a la Iglesia, retire de su corazón el freno de lo gracia, a fin de que la Iglesia pueda recibir las bendiciones que la persecución podría traerle." Sería un error muy grande orar de este modo, y sería sumamente equivocado provocar en alguna forma a un gobernante malo pare que desate la persecución. Pero cuando la persecución llega –a pesar de las oraciones del pueblo de Dios y de sus vidas apacibles- es cierto que muy a menudo "la sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia." Dios saca bien del mal.

Lo mismo sucede en las tentaciones en nuestra vida personal. Es malo buscarlas; si las buscamos ya hemos cedido en parte a las mismas. Deberíamos apartar por completo los ojos de lo malo y obedecer la recomendación del apóstol: "Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad." Pero si la tentación llega, y si podemos decir con toda sinceridad en lo más íntimo del alma y en la presencia de Dios que penetra el corazón que no la hemos buscado sino que hemos orado pare que no nos llegue, entonces, si Dios nos da la gracia pare resistir, la tentación puede servirnos pare adquirir una fortaleza y poder nuevos.

No, no hay contradicción ninguna entre la Oración del Señor y la Carta de Santiago. El que ore con toda el alma, "No nos ponga a prueba," será el que tendrá por sumo gozo verse frente a cualquier clase de tentación y tener el privilegio de sufrir deshonra y dolor en manos de hombres perversos por amor de su Señor.

Mucho de lo que acabo de decir se puede aplicar a la tentación contenida en el capítulo tercero de Génesis. Hay, es cierto, diferencias importantes. La situación de Adán en el huerto del Edén era muy diferente en aspectos importantes de la situación de los hombres que han vivido después de la caída. Era obviamente diferente de la situación de los que no han creído en Jesucristo para salvación del alma; porque Adán antes de la caída era bueno en tanto que esos hombres son esclavos del pecado. Pero también era diferente de la situación de los que han nacido de nuevo por el poder del Espíritu Santo y han sido redimidos por la sangre preciosa de Cristo. No, nunca más volverá a presentarse una situación igual a la de Adán antes de la caída. Esa situación sólo se dio una vez en toda la historia del género humano.

Pero hay ciertos principios fundamentales de la tentación que se pueden ver tanto en la lucha actual del cristiano contra el pecado como en la prueba a la que fue sometido Adán según los primeros capítulos de Génesis. En ambos casos sigue siendo cierto, de acuerdo con la enseñanza de la Palabra de Dios, que resistir a la tentación hace progresar el alma del hombre.

¿Qué progreso hubiera supuesto para Adán y Eva haber resistido a esa primera tentación?

Ya hemos señalado la característica básica de ese progreso. Hubiera significado, dijimos, que la posibilidad de pecar habría sido? eliminada. La prueba se habría superado con' éxito; el hombre habría adquirido un estado de bienaventuranza del que habría desaparecido todo riesgo.

Pero el progreso que el resistir a la tentación habría producido hubiera sido también un progreso en conocimiento. Ese árbol se llamaba árbol de la ciencia del bien y del mal. Bien; quizá en un sentido verdadero ese árbol hubiera sido árbol de la ciencia del bien y del mal para el hombre aunque no hubiera comido de los frutos del mismo. Si hubiera resistido a la tentación de comer del fruto de ese árbol, habría venido a conocer el mal además del bien que ya conocía. No lo habría conocido por haber caído en él, sino porque en .el proceso de resistir al mismo lo habría situado en la balanza con el bien y lo habría repudiado por voluntad propia. El estado de inocencia, en otras palabras, en el que se practicaba el bien sin oposición por parte del mal, habría cedido el lugar a un estado de bondad garantizada en el que el mal no hubiera tenido poder para perturbar.

Ese fue el estado bienaventurado en el que Dios quiso que el hombre entrara cuando hizo con él ese pacto de vida del que hablamos en la última charla. Era un estado que incluía lo que creo podemos llamar conocimiento del bien y del mal. Sin duda que era un estado en el que se habría discernido con toda claridad la diferencia entre bien y mal.

El tentador prometió ese discernimiento. "Seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal," dijo. Pero había una forma buena y otra mala de tratar de alcanzar tal objetivo. La forma buena era la de resistir al mal; la forma mala era la de ceder al mismo y tratar de conocerlo por experiencia.

¡Con qué frecuencia se les insinúa a los hombres esa forma mala en las tentaciones que les llegan! Como se desprecia la inocencia, la vieja mentira de que la única forma de alcanzar un estado superior al de inocencia es experimentar el pecado para ver cómo se le insinúa al corazón del hombre una y otra vez. Se cree que dejarse llevar por los instintos es una buena manera de superar la inocencia infantil y de llegar a ser hombre fuerte y maduro.

¿Saben Uds. cuál es la mejor forma de desenmascarar esa mentira? Creo, amigos míos, que es con el ejemplo de Jesucristo. ¿Menosprecian la inocencia? ¿Creen que es ser flojo a infantil no experimentar en forma personal el mal? ¿Creen que si no adquieren esa experiencia del mal serán siempre niños?

Si sienten así, les invito a que contemplen a Jesús de Nazaret. ¿Les da la impresión de inmadurez a infantilismo? ¿Carecía de alguna experiencia necesaria para ser hombre completo? ¿Lo miran con condescendencia como si no fuera más que un niño, en tanto que se ven a sí mismos como hombres completos por haber experimentado el mal? .

Si esta es la idea que tienen de Jesús, incluso los no creyentes, caso de que sean inteligentes, los corregirán. No, Jesús da la impresión de madurez absoluta y de fortaleza sorprendente a todos los que reflexionan. Sin parpadeos contempla el mal en el corazón del hombre. "Sabía lo que había en el hombre," dice el Evangelio de Juan. Y con todo nunca experimentó el pecado,. eso que los necios consideran necesario para superar la inocencia y alcanzar la madurez. Ante su pureza inmaculada y su fortaleza avasalladora esa vieja mentira de que es necesario experimentar el mal para conseguir bienes más elevados es puesta en evidencia y retrocede avergonzada.

Esa fue la mentira que el tentador insinuó a Adán y Eva en el huerto del Edén. Se le dijo al hombre que buscara el discernimiento por el camino de Satán y no por el de Dios.

Si el hombre hubiera resistido a la tentación, ¡qué alturas de conocimiento y fortaleza hubiera alcanzado! Satanás se habría apartado de él tambaleante y el hombre habría entrado para siempre en un estado de realeza en unión con Dios.

Pero cedió, y ¿cuál fue la consecuencia? ¡Una muy triste! Trató de alcanzar conocimiento, y perdió el conocimiento del bien; trató de conseguir poder, y perdió el alma; trató de ser como Díos, y cuando Dios se le acercó en el huerto se escondió temeroso y avergonzado.

Es en verdad una historia muy triste. Pero es el principio y no el fin de la Biblia. Los primeros capítulos de la Biblia nos hablan del pecado del hombre. La culpa de ese pecado ha caído sobre cada uno de nosotros, su culpa y sus terribles consecuencias. Pero esa no es la última palabra de la Biblia. La Biblia nos habla no sólo del pecado del hombre; también nos habla de algo mucho mayor; nos habla de la gracia del Díos ofendido.

15: ¿QUÉ ES EL PECADO?

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15: ¿QUÉ ES EL PECADO?

Llegamos ahora a una pregunta muy importante ? "¿Qué es el pecado?" Hemos hablado del primer pecado del hombre. Ahora preguntamos qué es en el fondo el pecado.

Las respuestas a esta pregunta han sido muy diferentes, así como son diferentes las ideas acerca del mundo, de Dios y de la vida humana.
La verdadera respuesta hay que buscarla, coma veremos, en la Biblia; pero antes de ofrecerles esa respuesta verdadera, quiero hablarles acerca de un par de respuestas erróneas, a fin de que por contraste con las mismas la verdadera respuesta se pueda entender con mayor claridad.

En primer lugar, muchos tienen una noción del pecado que le quita al mismo su carácter distintivo, o, mejor, muchos simplemente niegan la existencia de nada que se pueda llamar propiamente pecado.

Según una forma de pensar muy común entre los incrédulos de nuestros tiempos, lo que solemos llamar moralidad no es más que la experiencia acumulada de la humanidad en cuanto a la clase de conducta que conduce a la preservación y bienestar de la raza. Las tribus en las que el hombre buscaba su propio placer sin tener en cuenta el bien de los demás, fracasaron, se dice, en la lucha por sobrevivir, mientras que las que frenaban los impulsos de sus miembros para el bien común prosperaron y se multiplicaron. Por un proceso de selección natural, por tanto, según esta teoría, ' fue convirtiéndose en algo indiscutible que entre los grupos humanos los que cultivaban la solidaridad eran los que sobrevivían.

En el curso de los tiempos ? sostiene la teoría ? el origen más bien vil de estos frenos sociales ? se perdió completamente de vista, y se pensó' que se basaban en algo peculiar que vino a llamarse moralidad o virtud. Sólo en tiempos recientes se ha llegado a descubrir la identidad entre lo que llamamos "moralidad" y el interés propio de la sociedad.

Esta teoría es muy común. Según la misma "pecado" no es sino una manera de calificar ? y por cierto muy desacertada ? a la conducta antisocial.

¿Qué se puede decir de esa noción de pecado desde el punto de vista cristiano? La respuesta es sin duda muy sencilla. La debemos rechazar en forma absoluta. "Contra tí, contra tí solo he pecado," dice el salmista. Esa es la entraña misma de la Biblia desde el principio hasta el fin. El pecado, según la Biblia, no es sólo una conducta contraria a la experiencia acumulada de la raza; no es sólo conducta antisocial. Es ante todo una ofensa contra Dios.

Igualmente destructora de la idea verdadera de pecado es el error de los que dicen que el fin de toda la conducta humana es, o (como algunos dicen) debería ser, el placer.

A veces el placer que se considera como el objetivo que hay que presentar al hombre es el placer del individuo ? placer refinado y del todo respetable sin duda, pero al fin y al cabo placer. Esta teoría ha producido a veces vidas superficialmente dignas. Pero incluso una dignidad superficial así no puede durar mucho, y el carácter degradante de la filosofía que forma su base ha de salir a flote tarde o temprano. Además esa filosofía nunca puede incorporar ninguna noción que con alguna propiedad se pueda llamar una noción genuina de pecado.

A veces, es cierto, el placer que se dice constituir la meta de la conducta humana se considera ser el placer, o (para emplear una palabra de más categoría) la felicidad, no del individuo sino de la raza. Según esa teoría, el altruismo ? a saber, la consideración por la felicidad mayor del mayor número posible ? se considera ser la síntesis de la moralidad.
Una simple reflexión nos hará ver lo extendida a influyente que es tal teoría. Examinemos, por ejemplo, algunos de los sistemas para educación del carácter que se han presentado para utilizarlos en las escuelas, públicas o en otras instituciones. ¿A qué equivalen? Me temo que vienen a ser un recurrir a la experiencia humana como base de la moralidad. Esta es la clase de conducta,* dicen de hecho, que funciona bien; es, pues, la clase de conducta que los buenos ciudadanos deberían observar.

¿Qué deberla decir el cristiano de semejantes sistemas de la llamada educación del carácter? Me parece que debería oponerse a ellos con todas sus fuerzas. En lugar de formar el carácter a la larga, lo socavan, porque ponen a la experiencia humana como base de la moralidad en lugar de poner a la ley de Dios.
Lo que muchas veces proponen en detalle es, en realidad, lo que el cristiano también propondría. Cierto que la noción de que la mayor felicidad del mayor número posible es lo que debería proponérsenos como objetivo produce muchas normas de conducta que coinciden con lo que el cristiano, por razones distintas, propone. Es obvio que el homicidio y el robo no son conducentes a la mayor felicidad del mayor número posible, y también es obvio que son contrarios a las normas cristianas. Así pues, el cristiano y el no cristiano, aunque por razones diferentes, coinciden en decirle a las personas que no cometan crímenes.

Sin embargo, la diferencia entre la moralidad cristiana y la del mundo es muy importante.

Ante todo, existe diferencia incluso en detalles. Si bien en muchas cosas la moralidad que proponen los modernos utilitaristas, basadas en sus principios de que la norma de moralidad ha de buscarse en la experiencia de la raza, coincide en muchos detalles con la que proponen los cristianos, con todo hay casos en que la diferencia en principios se manifieste en diferencias en detalle.

Hemos visto, por ejemplo, en tiempos recientes que los periódicos han discutido mucho el tema de ? la "eutanasia." Ciertos médicos dicen con toda franqueza que creen que a los inválidos desahuciados, que nunca pueden volver a valerse por sí mismos ni podrán ser de servicio para nadie, se les debería facilitar una muerte sin dolor. ¿Tienen razón?

Bien, me atrevo a decir que basados en una ética utilitarista se podría defender ese punto de vista.

No estoy muy seguro ? permítaseme decirlo de paso ? de que ni siquiera basados en esos principios se pueda defender tal cosa. Es algo muy peligroso eso de dejar que los expertos decidan de qué personas "se puede prescindir." Por mi parte, no creo en la infalibilidad de los expertos, y creo que la tiranía de los expertos es la peor y más peligrosa de las tiranías que se pueda imaginar.

Pero. con todo, esto no es ir a la raíz del problema. La raíz de todo es que los que defienden la eutanasia se basan en un fundamento completamente distinto del de los cristianos. Arguyen a base de lo que es útil ? lo que produce felicidad y ahorra dolor a los hombres. E1 cristiano _ arguye basado en un mandamiento divino concreto. "No matarás," zanja la cuestión para el cristiano. Desde el punto de vista cristiano el médico que ayuda a morir sin dolor no es más que un asesino. Puede muy bien ser que a la larga su acción no nazca verdaderamente de un sentimiento de compasión. Pero no se discute esto ahora. Lo que decimos es que aunque sea por compasión, es un homicidio, y el homicidio es pecado.

Las teorías acerca del pecado que hemos considerado hasta ahora son claramente contrarias al cristianismo. Ningún cristiano puede sostener que la moralidad no es más que el interés propio de la raza que se ha ido acumulando, y que el pecado es tan sólo la conducta que se opone a ese interés. El cristiano debe obviamente sostener que la justicia y la felicidad son dos cosas distintas y que el pecado es algo muy distinto del desatino.

Otras teorías equivocadas del pecado, sin embargo, no son tan abiertamente erróneas, ni tampoco tan obviamente anticristianas, aunque también lo sean.

Existe, por ejemplo, la idea de que el pecado es el triunfo de la parte inferior de la naturaleza humana sobre la superior, de que es el triunfo de los apetitos corporales sobre el espíritu humano ? el espíritu humano que debería ser el que dirige las acciones del hombre.

Esta definición recurre ? aunque en forma falsa ? a ciertas expresiones bíblicas, y es una idea muy antigua en la Iglesia cristiana visible.

En su forma extrema, concibe a la materia como mala en sí. El alma o espíritu humano está encerrado, sostiene, en la cárcel del mundo material, y el objetivo de los esfuerzos del alma seria liberarse. Pecado es todo lo que impide esa liberación ? del alma del mundo material.

Indudablemente una doctrina así es del todo opuesta a la Biblia. Es una idea pagana, no cristiana. Sobre todo acaba completamente con la idea cristiana de Dios. Si la materia es esencialmente mala, y si Dios es bueno, entonces Dios no podría haber creado la materia, sino que esta materia debe haber existido siempre en forma independiente de él. Por ello no sorprende hallar en tiempos de la Iglesia primitiva que quienes consideraban a la materia como esencialmente mala eran dualistas, no teístas. Es decir, no creían en un Dios creador de todo lo que existe, sino que creían que había dos principios últimos independientes ?uno bueno, Dios; y un principio malo, la materia.

En marcado contraste con todas estas ideas, la Biblia enseña desde el principio hasta el fin que el mundo material, al igual que el inundo del espíritu, fue creado por Dios, y que ninguna de las obras de Dios ha de considerarse como mala.

Además, la Biblia no sólo combate esa idea como teoría del universo, sino también y con mucho ahínco los efectos de la misma en la conducta humana. Los que consideran a la materia como esencialmente mala tienden siempre al ascetismo. Es decir, tienden siempre a abstenerse de disfrutar de lo bueno de este mundo como si dicha abstención fuera por sí misma una virtud ? no un medio para un fin, sino un fin en sí mismo; no algo necesario a veces, sino algo siempre necesario si se quiere conseguir una verdadera santidad.

La Biblia se opone en todo momento a tal ascetismo. "No manejes, ni gustes, ni aun toques," decían los ascetas que menoscababan la supremacía de ~ Cristo en la iglesia colosense. Con todo vigor combate su enseñanza el apóstol Pablo. "Del Señor es la tierra y su plenitud," dice en otra carta. Esto enseña la Biblia de principio a fin. En ninguna parte de la Escritura se puede hallar justificación para la idea de que el mundo material es esencialmente malo y que disfrutar de él es pecado.

A este respecto, sin embargo, se puede suscitar una objeción. ¿Acaso la Biblia no llama repetidas veces mala a "la carne", y con ello acaso no enseña que el pecado después de todo consiste en el triunfo de la parte inferior o corporal de la naturaleza del hombre sobre la superior?

Respondemos a esa objeción diciendo que sin duda la Biblia llama muchas veces mala a "la carne," pero que el problema radica en saber qué quiere decir en esos pasajes cuando usa la palabra "la carne".

Algunos opinan que la palabra se refiere a la naturaleza corporal del hombre, una parte inferior de su naturaleza en cuanto opuesta a otra superior. Esa idea se puede hallar en varias traducciones recientes de la Biblia que confunden a tantas personas. Una de esas traducciones emplea en vez de la palabra "la carne" en el capitulo octavo de Romanos la expresión "la naturaleza física"; otra emplea la expresión "la naturaleza animal."

¿Ven a dónde conducen esas traducciones? Conducen a la idea de que el conflicto entre la carne y el Espíritu según las cartas de Pablo es un conflicto entre la parte física y la parte espiritual del hombre, y que el triunfo de la naturaleza física o animal en ese conflicto es lo que la Biblia llama pecado.

¿Es acertada esa idea? No, amigos míos, no es acertada. Por el contrario, es un error nefasto y de largo alcance. Quien sostiene esa idea del pecado ni siquiera vislumbra lo que la Biblia dice que es el pecado, y por desgracia no está en condiciones de vislumbrar lo que la Biblia dice acerca de la salvación del pecado.

Es perfectamente cierto, desde luego, que en muchos lugares la Biblia usa la palabra "carne" simplemente en el sentido de cierta par lo de la estructura corporal del hombre o del animal. Habla de "carne y sangre" o de algo semejante. Este es el sentido simplemente físico de la palabra. Sin duda que se encuentra en la Biblia.

Pero ahora estamos hablando de los pasajes en que "la carne" se presenta en la Biblia como algo malo. ¿Tiene esta palabra en esos pasajes un sentido solo físico?

La respuesta es un "no" rotundo. En esos pasajes la palabra se emplea en un sentido muy especial ? un sentido muy ajeno al sentido original, puramente físico. En esos pasajes designa no la naturaleza física o animal del hombre, sino toda la naturaleza del hombre, tal como se encuentra ahora, en su condición caída, separada de Dios.

Las fases principales por las que pasa la palabra "carne" hasta venir a tener el significado que time en la Biblia parecen ser bastante claras. Primero, el significado puramente físico. Luego "carne" en el sentido del hombre en su debilidad, ,y todo ello se designa con una palabra que señala propiamente aquella parte del hombre en la que se manifiesta con mayor claridad tal debilidad, como cuando la Biblia dice: "Toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo." Luego "carne" designa al hombre tal como es ahora, perdido en el pecado ? tal como es ahora hasta que el Espíritu de Dios lo transforma. Este tercer significado de la palabra es el que se halla en esos grandes pasajes en los que "la carne" se presentas en la Biblia como algo malo.

Empleada en esta forma, la palabra no designas una parte baja de la naturaleza del hombre en cuanto opuesta a una parte elevada. Designas una parte baja de la naturaleza del hombre pecaminoso actual, en cuanto opuesta a la santidad divina. No designa el cuerpo del hombre en cuanto opuesto al espíritu del hombre, sino a todo el hombre en cuanto opuesto al Espíritu de Dios.

Esto se ve con especial claridad en un pasaje como 1 Co. 3 :3, en el que Pablo dice : "Porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales y andáis como hombres?" La palabra que se traduce por "carnal" procede de "carne." ¿Qué significa, pues? El apóstol mismo nos lo dice. "¿No sois carnales, y andáis como hombres?" dice. Sin duda ser carnal y andar como hombres tienen el mismo significado en este texto. Una de estas expresiones explica la otra. ¿Cómo debían andar los cristianos corintios? Según Dios. ¿Cómo andaban en realidad? Según los hombres. Pero andar según los hombres en cuanto opuesto a andar según Dios es, dice Pablo, lo mismo que ser carnal. Así pues la carne no significa, como esas traducciones equivocadas de la Biblia quieren hacerle significar, la naturaleza animal del hombre en cuanto opuesta a una parte más elevada de esa misma naturaleza; significa simplemente toda la naturaleza humana ? es decir, la naturaleza humana tal como está ahora, bajo el dominio del pecado, en cuanto opuesta al Espíritu de Dios.

Pablo aclara todavía más la cuestión en el versículo siguiente, según el texto de los mejores manuscritos : "Porque diciendo el uno : Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois hombres?" El apóstol considera el ser hombres ? es decir, sólo hombres, no transformados por el Espíritu de Dios ? en realidad como algo merecedor de reproche a igual al ser carnales. "¿No sois carnales?" dice en el versículo precedente. "¿No sois hombres?" dice en este versículo. Las dos cosas significan lo mismo, a sade la naturaleza caída de uno en cuanto distinta ver actuar como si se estuviera bajo el dominio de la que está bajo el dominio del Espíritu de Dios.

Qué abismo existe entre esta manera bíblica de considerar la naturaleza humana caída y el paganismo moderno, que tantos profetas proclaman en nuestros días, que asume como articulo básico de su credo, "Creo en el hombre." Qué abismo existe entre la confianza pagana moderna en los recursos humanos y la enseñanza de la Biblia que hace equivalente el "¿No sois hombres?" con al "¿No sois carnales?" y considera ambas preguntas como un reproche terrible par a cl pueblo cristiano.

Así pues el pecado, según la Biblia, no es sólo "la bestia en nosotros" No, es algo macho más grave que eso. Por desgracia, el pecado no es la bestia que hay en nosotros; es más bien, el hombre que hay en nosotros. Es el hombre que hay en nosotros, porque todo el hombre, espíritu y alma al igual que cuerpo, está bajo el dominio del pecado, hasta tanto no sea transformado por el poder regenerador del Espíritu de Dios.

Claro que la Biblia enseña que el pecado reside en el cuerpo, que hace del cuerpo su instrumento, y que los apetitos corporales no dominados constituyen una gran parte de las. ocasiones de caída. Todo esto es perfectamente cierto. Pero esto es muy distinto que decir que los apetitos corporales constituyen la esencia del pecado. No, cuando la Biblia nos ofrece una de esas listas terribles de pecados que se cometen, por ejemplo, en varios pasajes de las Cartas de Pablo, cuando enumera, como en el capítulo quinto de Gálatas, "las obras de la carne," incluye no sólo lo que solemos llamar pecados carnales sino también, y en forma muy destacada, pecados como el orgullo y el odio, que no son en modo alguno carnales en el sentido nuestro. De hecho esos pecados de orgullo y otros parecidos, y no lo que llamamos pecados carnales, son precisamente los pecados de los que Pablo habla en ese pasaje de 1 Corintios en el que acusa a sus lectores de ser carnales.

La Biblia halla al pecado, además, en un mundo espiritual ? habla de huestes espirituales de maldad en las regiones celestes ? al igual que halla al pecado, por desgracia, en el espíritu del hombre caído. Si deseamos ser fieles a la Biblia, debemos descartar toda esta noción de que la esencia del pecado se halla en la rebelión de la parte inferior de nuestra naturaleza contra la parte superior.

¿Qué es, pues, el pecado? Hemos dicho lo que no es. Ahora deberíamos decir qué es.

Por fortuna no tenemos que buscar mucho en la Biblia para hallar la respuesta a esa pregunta. La Biblia da la respuesta en el comienzo misma del relato del primer pecado del hombre ?ese relato que estudiamos juntos en una de nuestras charlas precedentes.

¿Qué fue el primer pecado del hombre, según la Biblia? ¿Fue la satisfacción de un apetito corporal? Sí, lo fue. La mujer vio que los frutos del árbol eran buenos pare comer y agradables a la vista, se nos dice. ¿Pero fue el pecado tan sólo la satisfacción de un apetito corporal? Desde luego que no. No, fue algo muy intelectual, espiritual. La serpiente dijo que el comer del fruto de ese árbol los haría sabios. Eso no fue en absoluto un apetito corporal.

¿Cuál fue, pues el primer pecado del hombre? ¿No está bien clara la respuesta? Sí, fue desobediencia al mandato de Dios. Dios dijo: "No comerás del fruto del árbol"; el hombre comió áe1 fruto del árbol; y eso fue el pecado. Aquí tenemos por fin nuestra definición de pecado.

"Pecado es cualquiera falta de conformidad con la ley de Dios o trasgresión de la misma." Esas son las palabras del Catecismo Menor, no de la Biblia; pero están de acuerdo con lo que la Biblia enseña desde Génesis hasta Apocalipsis.

15: ¿QUÉ ES EL PECADO?

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15: ¿QUÉ ES EL PECADO?

Llegamos ahora a una pregunta muy importante ? "¿Qué es el pecado?" Hemos hablado del primer pecado del hombre. Ahora preguntamos qué es en el fondo el pecado.

Las respuestas a esta pregunta han sido muy diferentes, así como son diferentes las ideas acerca del mundo, de Dios y de la vida humana.
La verdadera respuesta hay que buscarla, coma veremos, en la Biblia; pero antes de ofrecerles esa respuesta verdadera, quiero hablarles acerca de un par de respuestas erróneas, a fin de que por contraste con las mismas la verdadera respuesta se pueda entender con mayor claridad.

En primer lugar, muchos tienen una noción del pecado que le quita al mismo su carácter distintivo, o, mejor, muchos simplemente niegan la existencia de nada que se pueda llamar propiamente pecado.

Según una forma de pensar muy común entre los incrédulos de nuestros tiempos, lo que solemos llamar moralidad no es más que la experiencia acumulada de la humanidad en cuanto a la clase de conducta que conduce a la preservación y bienestar de la raza. Las tribus en las que el hombre buscaba su propio placer sin tener en cuenta el bien de los demás, fracasaron, se dice, en la lucha por sobrevivir, mientras que las que frenaban los impulsos de sus miembros para el bien común prosperaron y se multiplicaron. Por un proceso de selección natural, por tanto, según esta teoría, ' fue convirtiéndose en algo indiscutible que entre los grupos humanos los que cultivaban la solidaridad eran los que sobrevivían.

En el curso de los tiempos ? sostiene la teoría ? el origen más bien vil de estos frenos sociales ? se perdió completamente de vista, y se pensó' que se basaban en algo peculiar que vino a llamarse moralidad o virtud. Sólo en tiempos recientes se ha llegado a descubrir la identidad entre lo que llamamos "moralidad" y el interés propio de la sociedad.

Esta teoría es muy común. Según la misma "pecado" no es sino una manera de calificar ? y por cierto muy desacertada ? a la conducta antisocial.

¿Qué se puede decir de esa noción de pecado desde el punto de vista cristiano? La respuesta es sin duda muy sencilla. La debemos rechazar en forma absoluta. "Contra tí, contra tí solo he pecado," dice el salmista. Esa es la entraña misma de la Biblia desde el principio hasta el fin. El pecado, según la Biblia, no es sólo una conducta contraria a la experiencia acumulada de la raza; no es sólo conducta antisocial. Es ante todo una ofensa contra Dios.

Igualmente destructora de la idea verdadera de pecado es el error de los que dicen que el fin de toda la conducta humana es, o (como algunos dicen) debería ser, el placer.

A veces el placer que se considera como el objetivo que hay que presentar al hombre es el placer del individuo ? placer refinado y del todo respetable sin duda, pero al fin y al cabo placer. Esta teoría ha producido a veces vidas superficialmente dignas. Pero incluso una dignidad superficial así no puede durar mucho, y el carácter degradante de la filosofía que forma su base ha de salir a flote tarde o temprano. Además esa filosofía nunca puede incorporar ninguna noción que con alguna propiedad se pueda llamar una noción genuina de pecado.

A veces, es cierto, el placer que se dice constituir la meta de la conducta humana se considera ser el placer, o (para emplear una palabra de más categoría) la felicidad, no del individuo sino de la raza. Según esa teoría, el altruismo ? a saber, la consideración por la felicidad mayor del mayor número posible ? se considera ser la síntesis de la moralidad.
Una simple reflexión nos hará ver lo extendida a influyente que es tal teoría. Examinemos, por ejemplo, algunos de los sistemas para educación del carácter que se han presentado para utilizarlos en las escuelas, públicas o en otras instituciones. ¿A qué equivalen? Me temo que vienen a ser un recurrir a la experiencia humana como base de la moralidad. Esta es la clase de conducta,* dicen de hecho, que funciona bien; es, pues, la clase de conducta que los buenos ciudadanos deberían observar.

¿Qué deberla decir el cristiano de semejantes sistemas de la llamada educación del carácter? Me parece que debería oponerse a ellos con todas sus fuerzas. En lugar de formar el carácter a la larga, lo socavan, porque ponen a la experiencia humana como base de la moralidad en lugar de poner a la ley de Dios.
Lo que muchas veces proponen en detalle es, en realidad, lo que el cristiano también propondría. Cierto que la noción de que la mayor felicidad del mayor número posible es lo que debería proponérsenos como objetivo produce muchas normas de conducta que coinciden con lo que el cristiano, por razones distintas, propone. Es obvio que el homicidio y el robo no son conducentes a la mayor felicidad del mayor número posible, y también es obvio que son contrarios a las normas cristianas. Así pues, el cristiano y el no cristiano, aunque por razones diferentes, coinciden en decirle a las personas que no cometan crímenes.

Sin embargo, la diferencia entre la moralidad cristiana y la del mundo es muy importante.

Ante todo, existe diferencia incluso en detalles. Si bien en muchas cosas la moralidad que proponen los modernos utilitaristas, basadas en sus principios de que la norma de moralidad ha de buscarse en la experiencia de la raza, coincide en muchos detalles con la que proponen los cristianos, con todo hay casos en que la diferencia en principios se manifieste en diferencias en detalle.

Hemos visto, por ejemplo, en tiempos recientes que los periódicos han discutido mucho el tema de ? la "eutanasia." Ciertos médicos dicen con toda franqueza que creen que a los inválidos desahuciados, que nunca pueden volver a valerse por sí mismos ni podrán ser de servicio para nadie, se les debería facilitar una muerte sin dolor. ¿Tienen razón?

Bien, me atrevo a decir que basados en una ética utilitarista se podría defender ese punto de vista.

No estoy muy seguro ? permítaseme decirlo de paso ? de que ni siquiera basados en esos principios se pueda defender tal cosa. Es algo muy peligroso eso de dejar que los expertos decidan de qué personas "se puede prescindir." Por mi parte, no creo en la infalibilidad de los expertos, y creo que la tiranía de los expertos es la peor y más peligrosa de las tiranías que se pueda imaginar.

Pero. con todo, esto no es ir a la raíz del problema. La raíz de todo es que los que defienden la eutanasia se basan en un fundamento completamente distinto del de los cristianos. Arguyen a base de lo que es útil ? lo que produce felicidad y ahorra dolor a los hombres. E1 cristiano _ arguye basado en un mandamiento divino concreto. "No matarás," zanja la cuestión para el cristiano. Desde el punto de vista cristiano el médico que ayuda a morir sin dolor no es más que un asesino. Puede muy bien ser que a la larga su acción no nazca verdaderamente de un sentimiento de compasión. Pero no se discute esto ahora. Lo que decimos es que aunque sea por compasión, es un homicidio, y el homicidio es pecado.

Las teorías acerca del pecado que hemos considerado hasta ahora son claramente contrarias al cristianismo. Ningún cristiano puede sostener que la moralidad no es más que el interés propio de la raza que se ha ido acumulando, y que el pecado es tan sólo la conducta que se opone a ese interés. El cristiano debe obviamente sostener que la justicia y la felicidad son dos cosas distintas y que el pecado es algo muy distinto del desatino.

Otras teorías equivocadas del pecado, sin embargo, no son tan abiertamente erróneas, ni tampoco tan obviamente anticristianas, aunque también lo sean.

Existe, por ejemplo, la idea de que el pecado es el triunfo de la parte inferior de la naturaleza humana sobre la superior, de que es el triunfo de los apetitos corporales sobre el espíritu humano ? el espíritu humano que debería ser el que dirige las acciones del hombre.

Esta definición recurre ? aunque en forma falsa ? a ciertas expresiones bíblicas, y es una idea muy antigua en la Iglesia cristiana visible.

En su forma extrema, concibe a la materia como mala en sí. El alma o espíritu humano está encerrado, sostiene, en la cárcel del mundo material, y el objetivo de los esfuerzos del alma seria liberarse. Pecado es todo lo que impide esa liberación ? del alma del mundo material.

Indudablemente una doctrina así es del todo opuesta a la Biblia. Es una idea pagana, no cristiana. Sobre todo acaba completamente con la idea cristiana de Dios. Si la materia es esencialmente mala, y si Dios es bueno, entonces Dios no podría haber creado la materia, sino que esta materia debe haber existido siempre en forma independiente de él. Por ello no sorprende hallar en tiempos de la Iglesia primitiva que quienes consideraban a la materia como esencialmente mala eran dualistas, no teístas. Es decir, no creían en un Dios creador de todo lo que existe, sino que creían que había dos principios últimos independientes ?uno bueno, Dios; y un principio malo, la materia.

En marcado contraste con todas estas ideas, la Biblia enseña desde el principio hasta el fin que el mundo material, al igual que el inundo del espíritu, fue creado por Dios, y que ninguna de las obras de Dios ha de considerarse como mala.

Además, la Biblia no sólo combate esa idea como teoría del universo, sino también y con mucho ahínco los efectos de la misma en la conducta humana. Los que consideran a la materia como esencialmente mala tienden siempre al ascetismo. Es decir, tienden siempre a abstenerse de disfrutar de lo bueno de este mundo como si dicha abstención fuera por sí misma una virtud ? no un medio para un fin, sino un fin en sí mismo; no algo necesario a veces, sino algo siempre necesario si se quiere conseguir una verdadera santidad.

La Biblia se opone en todo momento a tal ascetismo. "No manejes, ni gustes, ni aun toques," decían los ascetas que menoscababan la supremacía de ~ Cristo en la iglesia colosense. Con todo vigor combate su enseñanza el apóstol Pablo. "Del Señor es la tierra y su plenitud," dice en otra carta. Esto enseña la Biblia de principio a fin. En ninguna parte de la Escritura se puede hallar justificación para la idea de que el mundo material es esencialmente malo y que disfrutar de él es pecado.

A este respecto, sin embargo, se puede suscitar una objeción. ¿Acaso la Biblia no llama repetidas veces mala a "la carne", y con ello acaso no enseña que el pecado después de todo consiste en el triunfo de la parte inferior o corporal de la naturaleza del hombre sobre la superior?

Respondemos a esa objeción diciendo que sin duda la Biblia llama muchas veces mala a "la carne," pero que el problema radica en saber qué quiere decir en esos pasajes cuando usa la palabra "la carne".

Algunos opinan que la palabra se refiere a la naturaleza corporal del hombre, una parte inferior de su naturaleza en cuanto opuesta a otra superior. Esa idea se puede hallar en varias traducciones recientes de la Biblia que confunden a tantas personas. Una de esas traducciones emplea en vez de la palabra "la carne" en el capitulo octavo de Romanos la expresión "la naturaleza física"; otra emplea la expresión "la naturaleza animal."

¿Ven a dónde conducen esas traducciones? Conducen a la idea de que el conflicto entre la carne y el Espíritu según las cartas de Pablo es un conflicto entre la parte física y la parte espiritual del hombre, y que el triunfo de la naturaleza física o animal en ese conflicto es lo que la Biblia llama pecado.

¿Es acertada esa idea? No, amigos míos, no es acertada. Por el contrario, es un error nefasto y de largo alcance. Quien sostiene esa idea del pecado ni siquiera vislumbra lo que la Biblia dice que es el pecado, y por desgracia no está en condiciones de vislumbrar lo que la Biblia dice acerca de la salvación del pecado.

Es perfectamente cierto, desde luego, que en muchos lugares la Biblia usa la palabra "carne" simplemente en el sentido de cierta par lo de la estructura corporal del hombre o del animal. Habla de "carne y sangre" o de algo semejante. Este es el sentido simplemente físico de la palabra. Sin duda que se encuentra en la Biblia.

Pero ahora estamos hablando de los pasajes en que "la carne" se presenta en la Biblia como algo malo. ¿Tiene esta palabra en esos pasajes un sentido solo físico?

La respuesta es un "no" rotundo. En esos pasajes la palabra se emplea en un sentido muy especial ? un sentido muy ajeno al sentido original, puramente físico. En esos pasajes designa no la naturaleza física o animal del hombre, sino toda la naturaleza del hombre, tal como se encuentra ahora, en su condición caída, separada de Dios.

Las fases principales por las que pasa la palabra "carne" hasta venir a tener el significado que time en la Biblia parecen ser bastante claras. Primero, el significado puramente físico. Luego "carne" en el sentido del hombre en su debilidad, ,y todo ello se designa con una palabra que señala propiamente aquella parte del hombre en la que se manifiesta con mayor claridad tal debilidad, como cuando la Biblia dice: "Toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo." Luego "carne" designa al hombre tal como es ahora, perdido en el pecado ? tal como es ahora hasta que el Espíritu de Dios lo transforma. Este tercer significado de la palabra es el que se halla en esos grandes pasajes en los que "la carne" se presentas en la Biblia como algo malo.

Empleada en esta forma, la palabra no designas una parte baja de la naturaleza del hombre en cuanto opuesta a una parte elevada. Designas una parte baja de la naturaleza del hombre pecaminoso actual, en cuanto opuesta a la santidad divina. No designa el cuerpo del hombre en cuanto opuesto al espíritu del hombre, sino a todo el hombre en cuanto opuesto al Espíritu de Dios.

Esto se ve con especial claridad en un pasaje como 1 Co. 3 :3, en el que Pablo dice : "Porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales y andáis como hombres?" La palabra que se traduce por "carnal" procede de "carne." ¿Qué significa, pues? El apóstol mismo nos lo dice. "¿No sois carnales, y andáis como hombres?" dice. Sin duda ser carnal y andar como hombres tienen el mismo significado en este texto. Una de estas expresiones explica la otra. ¿Cómo debían andar los cristianos corintios? Según Dios. ¿Cómo andaban en realidad? Según los hombres. Pero andar según los hombres en cuanto opuesto a andar según Dios es, dice Pablo, lo mismo que ser carnal. Así pues la carne no significa, como esas traducciones equivocadas de la Biblia quieren hacerle significar, la naturaleza animal del hombre en cuanto opuesta a una parte más elevada de esa misma naturaleza; significa simplemente toda la naturaleza humana ? es decir, la naturaleza humana tal como está ahora, bajo el dominio del pecado, en cuanto opuesta al Espíritu de Dios.

Pablo aclara todavía más la cuestión en el versículo siguiente, según el texto de los mejores manuscritos : "Porque diciendo el uno : Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois hombres?" El apóstol considera el ser hombres ? es decir, sólo hombres, no transformados por el Espíritu de Dios ? en realidad como algo merecedor de reproche a igual al ser carnales. "¿No sois carnales?" dice en el versículo precedente. "¿No sois hombres?" dice en este versículo. Las dos cosas significan lo mismo, a sade la naturaleza caída de uno en cuanto distinta ver actuar como si se estuviera bajo el dominio de la que está bajo el dominio del Espíritu de Dios.

Qué abismo existe entre esta manera bíblica de considerar la naturaleza humana caída y el paganismo moderno, que tantos profetas proclaman en nuestros días, que asume como articulo básico de su credo, "Creo en el hombre." Qué abismo existe entre la confianza pagana moderna en los recursos humanos y la enseñanza de la Biblia que hace equivalente el "¿No sois hombres?" con al "¿No sois carnales?" y considera ambas preguntas como un reproche terrible par a cl pueblo cristiano.

Así pues el pecado, según la Biblia, no es sólo "la bestia en nosotros" No, es algo macho más grave que eso. Por desgracia, el pecado no es la bestia que hay en nosotros; es más bien, el hombre que hay en nosotros. Es el hombre que hay en nosotros, porque todo el hombre, espíritu y alma al igual que cuerpo, está bajo el dominio del pecado, hasta tanto no sea transformado por el poder regenerador del Espíritu de Dios.

Claro que la Biblia enseña que el pecado reside en el cuerpo, que hace del cuerpo su instrumento, y que los apetitos corporales no dominados constituyen una gran parte de las. ocasiones de caída. Todo esto es perfectamente cierto. Pero esto es muy distinto que decir que los apetitos corporales constituyen la esencia del pecado. No, cuando la Biblia nos ofrece una de esas listas terribles de pecados que se cometen, por ejemplo, en varios pasajes de las Cartas de Pablo, cuando enumera, como en el capítulo quinto de Gálatas, "las obras de la carne," incluye no sólo lo que solemos llamar pecados carnales sino también, y en forma muy destacada, pecados como el orgullo y el odio, que no son en modo alguno carnales en el sentido nuestro. De hecho esos pecados de orgullo y otros parecidos, y no lo que llamamos pecados carnales, son precisamente los pecados de los que Pablo habla en ese pasaje de 1 Corintios en el que acusa a sus lectores de ser carnales.

La Biblia halla al pecado, además, en un mundo espiritual ? habla de huestes espirituales de maldad en las regiones celestes ? al igual que halla al pecado, por desgracia, en el espíritu del hombre caído. Si deseamos ser fieles a la Biblia, debemos descartar toda esta noción de que la esencia del pecado se halla en la rebelión de la parte inferior de nuestra naturaleza contra la parte superior.

¿Qué es, pues, el pecado? Hemos dicho lo que no es. Ahora deberíamos decir qué es.

Por fortuna no tenemos que buscar mucho en la Biblia para hallar la respuesta a esa pregunta. La Biblia da la respuesta en el comienzo misma del relato del primer pecado del hombre ?ese relato que estudiamos juntos en una de nuestras charlas precedentes.

¿Qué fue el primer pecado del hombre, según la Biblia? ¿Fue la satisfacción de un apetito corporal? Sí, lo fue. La mujer vio que los frutos del árbol eran buenos pare comer y agradables a la vista, se nos dice. ¿Pero fue el pecado tan sólo la satisfacción de un apetito corporal? Desde luego que no. No, fue algo muy intelectual, espiritual. La serpiente dijo que el comer del fruto de ese árbol los haría sabios. Eso no fue en absoluto un apetito corporal.

¿Cuál fue, pues el primer pecado del hombre? ¿No está bien clara la respuesta? Sí, fue desobediencia al mandato de Dios. Dios dijo: "No comerás del fruto del árbol"; el hombre comió áe1 fruto del árbol; y eso fue el pecado. Aquí tenemos por fin nuestra definición de pecado.

"Pecado es cualquiera falta de conformidad con la ley de Dios o trasgresión de la misma." Esas son las palabras del Catecismo Menor, no de la Biblia; pero están de acuerdo con lo que la Biblia enseña desde Génesis hasta Apocalipsis.

16: LA MAJESTAD DE LA LEY DE DIOS

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16: LA MAJESTAD DE LA LEY DE DIOS

En la última charla hablamos de la importante cuestión, "¿Qué es el pecado?" Se han dado varias respuestas a la misma, pero la verdadera respuesta, dijimos, es la que se contiene en el Catecismo Menor. "Pecado," dice el Catecismo Menor, "es cualquier falta de conformidad con la ley de Dios o trasgresión de la misma."

El significado cabal de dicha definición se verá con mayor claridad, espero, a medida que hablemos de las consecuencias del pecado de Adán para la humanidad. .

De momento, sin embargo, lo tomamos sólo en la forma más sencilla y obvia. Lo más elemental acerca del pecado es que se trata de algo que va contra la ley de Dios. No se puede creer en la existencia del pecado a no ser que se crea en la existencia de la ley de Dios. La idea de pecado y la idea de ley van juntas. Si se piensa en el pecado, en el sentido bíblico de la palabra, se piensa en la ley; si se piensa en la ley, se piensa ?por lo menos tal como es ahora la humanidad ?en el pecado.

Siendo esto así, sólo les pido que recuerden lo que dice la Biblia y que piensen qué constante es la Biblia en enseñar la ley de Dios.

Ya hemos observado cuán clara es esa enseñanza en el relato del primer pecado del hombre. Dios dijo, "No comerás del fruto del árbol." Esa era la ley de Dios; era un mandato concreto. El hombre desobedeció dicho mandato; el hombre hizo lo que Dios le había dicho que no hiciera; y eso fue el pecado.

Pero la ley de Dios figura en toda la Biblia. No se halla sólo en alguno que otro pasaje, sino que constituye el telón de fondo de todo lo que la Biblia dice acerca de las relaciones entre Dios y el hombre.

Piensen por un momento en la parte tan considerable del Antiguo Testamento que ocupa la ley de Dios ?? la ley que fue promulgada por medio de Moisés. ¿Creen que eso fue una casualidad? De ningún modo. Fue así porque la ley es una parte fundamental de lo que la Biblia tiene que decir.

En todo el Antiguo Testamento destaca un pensamiento básico ? Dios es el legislador, y el hombre le debe obediencia.

¿Y qué se puede decir del Nuevo Testamento? ¿Obscurece el Nuevo Testamento ese pensamiento; rebaja el Nuevo Testamento en algún modo la ley de Dios?

Ha habido quienes así lo han creído. El error llamado "antinomianismo" ha sostenido que la dispensación de gracia que Cristo inauguró abrogó la ley de Dios para los cristianos.

Qué error tan horrible! Es sin duda cierto, en un sentido, que los cristianos ,no están, , como dice Pablo, bajo la ley sino bajo la gracia. No están sujetos a la maldición que la ley pronuncia contra el pecado; Cristo los ha liberado de esa maldición al llevar él en la cruz la maldición que les correspondía. No se hallan bajo ninguna dispensación en la .que su aceptación por parte de Dios dependa de su obediencia a la ley de Dios; en lugar de ello, su aceptación por parte de Dios depende de la obediencia que Cristo tuvo por ellos. Todo esto es del todo cierto. ¿Pero significa esto que para el cristiano la ley de Dios ya no es la expresión de la voluntad de Dios que tienen obligación absoluta de obedecer; significa que se hallan libres de hacer lo que les plazca y que ya no se hallan atados por los mandamientos de Dios?

Busquemos la respuesta en la Biblia toda, sobre todo en el Nuevo Testamento.

"No penséis," dijo Jesús, "que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar sino para cumplir." Luego continúa poniendo su justicia en contraste con la justicia de escribas y fariseos. ¿Es más fácil que la de éstos? No, él mismo nos dice que es más difícil. "Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos." ¿Acaso su justicia participa menos de la naturaleza de ley que las normas que los escribas y fariseos habían establecido? ¿Es su justicia algo que el hombre puede tomar según le parezca; es algo que puede convenirle escuchar? Amigos míos, lo .único que puedo decir es que si leen de este modo las palabras de Jesús que figuran en los Evangelios, ni siquiera han comenzado a entenderlas. "Si lo ojo derecho," dice Jesús, "te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de tí; pues mejor lo es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo lo cuerpo sea echado al infierno." "Mas yo os digo," afirma en otro pasaje, "que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio." ¿son éstas las palabras de alguien que en lugar del reino de la ley de Dios pone otro reino? ¿Son éstas las palabras de alguien que creía que los hombres podían jugar con la ley de Dios?

Sé que algunas personas sostienen ?? en un delirio de necedad, me parece ? que las palabras de Jesús pertenecen a la dispensación de la ley que concluyó con su muerte y resurrección y que por ello la enseñanza del Sermón del Monte, por ejemplo, no pertenece a la dispensación de gratis en la que nos hallamos ahora.

Bien, permítanme volver al apóstol Pablo, al apóstol que nos ha dicho que no estamos bajo la ley sino bajo la gratis. ¿Qué dice acerca de esto? ¿presenta a la ley de Dios como algo que ya no time validez en esta dispensación de la gratis divina?

De ningún modo. En el capítulo segundo de Romanos, al igual que (por implicación) en muchas otras partes de sus Cartas, insiste en la universalidad de la ley de Dios. Incluso los gentiles, aunque no conocen esa clara manifestación de la ley de Dios que se encontraba en el Antiguo Testamento, tienen la ley de Dios escrita en el corazón y no tienen excusa si desobedecen. Los cristianos, sobre todo, insiste Pablo, están muy lejos de estar emancipados del deber de obedecer los mandatos de Dios. El apóstol considera que una idea tal es un error de los más nefastos. "Y manifiestas son las obras de la carne," dice Pablo, "que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios."

Grande, en realidad, según Pablo, es la ventaja del cristiano, respecto incluso a los que antes de que Cristo viniera fueron salvos por el mérito del sacrificio que iba a ofrecer en la cruz (siendo salvos, como lo son los cristianos, por la gracia de Dios por medio de la fe. Los cristianos no se hallan bajo la maldición de la ley; en ese sentido terrible no se hallan bajo la ley sino bajo la gracia. Cristo ha llevado el justo castigo de la ley en su lugar. Tienen además dentro de sí un poder nuevo, el poder del Espíritu Santo, que la ley por la misma no podría dar.

Pero ese poder nuevo no los emancipa de la obediencia a los mandamientos santos de Dios . De ningún modo, sino que los capacita para obedecer esos mandamientos en una forma que no les hubiera sido posible antes.

Piensen por un momento, amigos míos, en la majestad de la. ley de Dios tal como la, Biblia la presenta. Una ley por encima de todo ? válida para los cristianos, válida para los no cristianos, válida ahora y válida por toda la eternidad. ¡Con qué grandiosidad se proclama dicha ley en medio del retumbar de truenos en el Sinaí! ¡Con cuánta más grandiosidad y con mucho mayor seriedad 3e proclama en la enseñanza de Jesús ? en su enseñanza y en su ejemplo! Con qué terror estamos dispuestos a decir, con Pedro, en la presencia de esa pureza sobrecogedora : "Apártate de mi, Señor, porque soy hombre pecador." En ninguna parte de la Biblia, ni en la enseñanza de Jesús nuestro Salvador, podemos eludir la terrible majestad de la ley de Dios ? escrita en la constitución del universo, que penetra los pliegues más recónditos del alma, que abarca toda palabra ociosa, toda acción y todo pensamiento secreto del corazón, ineludible, exhaustiva, santa, terrible. Dios es el legislador, el hombre el sujeto; Dios el que gobierna, el hombre el gobernado. El servicio de Dios es un servicio que es libertad perfecta, un deber qué es el mayor de los gozos; pero siempre es un servicio. No lo olvidemos. Dios fue siempre y es pare siempre el Rey soberano; todo el universo está bajo su ley santa.

Esta es la atmósfera en la que la Biblia se mueve; esa es la rote en la que se base. ¡La ley de Dios que todo lo abarca! ¿Es la promulgación arbitraria de un tirano cruel, un entretenimiento sin sentido de alguien cuyo poder es mayor que su sabiduría o bondad? No, esta ley se basa en la perfección infinite del ser de Dios mismo. "Sed, pues, vosotros perfectos," dijo Jesús, "como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto." Esa es la norma. La ley de Dios no es una ley arbitraria o sin sentido; es una ley Santa, como Dios mismo es Santo.

Si esa es la ley de Dios, ¡qué terrible es el pecado! ¿Qué lengua puede contar lo horroroso que es? ¡No es una ofensa contra una norma temporal o arbitraria que procede de autoridad temporal o que se hace cumplir con castigos temporales, sino una ofensa contra el Dios infinito y eterno! ¡Qué terror tan indescriptible se cierne sobre nosotros cuando contemplamos realmente una culpa semejante!
¿Pero la contemplamos en realidad? La pregunta se debe formular. Sé que algunos de mis oyentes consideran lo que he venido diciendo coma algo que no merece más atención qué los duendes y fantasmas con que las niñeras solían asustar a los niños malos. Una característica .destacada de la edad en que vivimos es la incredulidad respecto a cualquier coca que se pueda llamar ley de Dios y sobre todo la incredulidad respecto a cualquier coca que se puede llamar propiamente pecado. El hecho patente es que los hombres de nuestros tiempos viven en su mayoría en un mundo de pensamiento, sentir y vide del todo diferente del mundo en el que vive el cristiano. La diferencia no . se refiere a uno que otro detalle; se refiere a la base entera de la vide; se refiere a toda la atmósfera en que los hombres se viven y mueven y tienen el ser. En la raíz de todo lo que la Biblia dice hay dos grandes verdades, del todo inseparables ? la majestad de la ley de Dios y el pecado como ofensa contra esa ley. Estas dos verdades básicas se niegan en la sociedad moderna, y en la negación de las mismas está la característica principal de la edad en que vivimos.

Bien, ¿en qué clase de edad nos encontramos? ¿Qué clase de edad es ésta en la que la ley de Dios se considera como pasada de moda y en la que no hay conciencia de pecado?

Se lo voy a decir. Es una edad en la que la sociedad se está desintegrando a ritmo acelerado. Miren a su alrededor y ¿qué ven? Por doquier se contempla un relajamiento de restricciones, un abandono de normas, una vuelta a la barbarie.

Pero, dirán, ¿acaso no se ha alcanzado por fin la libertad? Ahora que la moralidad ha sido abandonada ? las convenciones tradicionales y todo lo demás ? es evidente que la libertad tiene que haber alcanzado un gran apogeo. Pero yo pregunto, amigos míos, ¿lo ha alcanzado de veras? Hay que ser ciego para decir que sí. Antes al contrario, no hay libertad ni en Rusia, ni en Alemania, ni en Italia, ni en muchos otros países. Qué lenta fue la transición en Europa de la tiranía a la democracia y libertad! Y ahora esa libertad alcanzada a costa de tantos sacrificios se está deteriorando rápidamente.

Hay sin duda oasis de resistencia a la invasión del tirano. Hace pocos días leímos que la gente de Gran Bretaña quedó muda al recibir la noticia de que su rey ? símbolo de libertad ? había muerto. Pareció que el silencio se apoderaba de la nación y que las luchas egoístas cesaban. Fue un silencio elocuente de verdad ? que hablaba del amor de un gran pueblo por lo que el dinero jamás podrá comprar, que hablaba de siglos de historia gloriosa. Pero ¿creen que Gran Bretaña se encuentra a salvo ? a salvo, quiero decir, no de los acorazados y aviones y ejércitos enemigos, sino a salvo de los enemigos mucho más peligrosos que están dentro de sus fronteras?

No lo creo, amigos míos. Se halla a salvo, sin dude, si hay algún lugar de la tierra que lo esté; pero con todo no está a salvo. Si repasamos la historia de Gran Bretaña creo que se puede ver que hasta ahora siempre poseyó algo que ahora está a punto de perder. Tuvo el convencimiento de que existe un principio trascendental de justicia al que todos los pueblos de la tierra están sujetos. Sé que hubo tiempos en que ese principio eterno de justicia se perdió casi por completo de vista. Hubo tiempos de mucho desenfreno. Hubo tiempos en la historia del Imperio Británico en que se cometieron crímenes nacionales terribles. Pero siempre hubo un núcleo considerable de ¡¡¡Británicos!!! que. tenían una convicción fume y sólida de la obligación que los ataba a la ley de Dios. Esa fue la sal preciosa que preservó a la nación y le dio esa estabilidad maravillosa que debería ser objeto de emulación pare todo el mundo civilizado. La libertad bajo la ley de Dios ? esto y no vastos frentes de batalla ni un Imperio en el que nunca se ponía el sol -- es lo que hizo grande a Gran Bretaña.

Hoy día ese principio corre peligro en Gran Bretaña tanto como en el resto del mundo. También en ella hay multitud de personas que no creen que haya una ley de Dios, y el número de los que sí creen que existe es menor y mucho menos influyente ? en la vide nacional que nunca antes . No sé . si están de acuerdo conmigo, amigos míos, pero creo ,debo decir que temo por Gran Bretaña, y más todavía por el resto del mundo. La tiranía está al acecho por todas partes, y la decadencia anda suelta bajo el disfraz de cien nombres pomposos y de cuño reciente.

Bien, y ¿qué se puede hacer? Muchos ,no cristianos están de acuerdo con nosotros de ,que hay que hacer algo. Incluso hay materialistas y ateos que lo ven. Algo hay que hacer sin duda incluso para mantener a la parte animal del hombre en condiciones saludables ? para impedir que se destruya, por ejemplo, con otra guerra mundial.

Se han hecho, pues, muchas sugerencias para impedir los estragos del crimen. Alguien ha propuesto que se nos tomen a todos las huellas digitales y que se nos trate como criminales en libertad provisional a quienes, a capricho de la policía, se pide la identificación cuando circulan por las calles y a quienes no se les permita dedicarse libremente a sus asuntos a no ser que existan sospechas fundadas de que son reos de algún crimen. Otros proponen que se considere a los maestros, incluso a los de escuelas privadas y cristianas como funcionarios del gobierno, y que se les exija un juramento de fidelidad como el que se requiere en la Alemania nazi. Mil panaceas se han sugerido, diferentes en cuanto a detalles pero semejantes en cuanto que destruyen esa libertad civil y religiosa que nuestros padres se ganaron con tantos esfuerzos.

Tales medidas jamás podrán conseguir el fin que se proponen. Nunca se puede implantar por la fuerza el patriotismo. en el corazón de las personas. Intentarlo sólo sirve para suprimirlo si ya está presente. El progreso del comunismo o de cualquier otra forma de esclavitud nunca se puede impedir con la supresión de la libertad de expresión.

Tal supresión sólo sirve para volver más peligroso el progreso de las ideas destructoras.

¿Cuál es entonces el remedio para el amenazador descalabro de la sociedad y para el deterioro rápido y progresivo de la libertad?

Sólo hay un remedio. Es la vuelta a la ley de Dios.

Si queremos restaurar el respeto a las leyes humanas, debemos acabar con esa idea de que los jueces y los jurados sólo existen para el propósito utilitario de proteger a la sociedad, y debemos restaurar la noción de que existen para defender la justicia. Es cierto que no son más que exponentes imperfectos de la justicia. Hay muchos aspectos de la vida con los que no tienen nada que ver. Abusarían de la función que Dios les ha dado si trataran de obligar a una pureza intima de la vida personal, ya que a ellos les corresponde sólo obligar ? e incluso esto en una forma imperfecta ? a esa parte de la justicia que atañe a las relaciones entre hombre y hombre. Pero siempre son instrumentos de la justicia, y si no se reconoce así, el estado va camino del desastre. La sociedad no se puede preservar con imponer castigos violentos a ofensas menores porque lo exija así el interés utilitario de la sociedad; no se puede preservar con la práctica perversa (que algunos jueces siguen) de "escarmentar" a algunos de una forma anárquica a injusta por creer que de este modo se puede apartar a los demás del crimen. No, decimos, no hay que perder nunca de vista a la justicia ? la justicia abstracta, santa, trascendente --sean cuales fueren las consecuencias inmediatas que de ello se crea van a producirse. Sólo así se podrá volver a respetar la toga del juez a impedir que la decadencia progrese.

Sin embargo, todo esto no toca el punto más importante. En el fondo dé todas estas consideraciones acerca de las naciones y de la sociedad está el gran problema de la relación del alma con Dios. A no ser que los hombres sean justos ante Dios, nunca serán justos en sus relaciones mutual.

Cómo, pues, pueden ser justos ante Dios? Oh, allá está el evangelio, dirán. Está la dulce y consoladora enseñanza de Jesucristo.

Sí, ¿pero acuden los hombres a Jesucristo? Van a él para la salvación del alma? No, lo tienen por un magnífico maestro religioso, y luego pasan de largo.

¿Cómo, pues, llevarlos a él? La Biblia nos da la respuesta. "De manera," dice, "que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe." Así fue en el caso de los hebreos del Antiguo Testamento, acerca de quienes Pablo habla en ese pasaje; pero así es también en el caso de todos los que real y sinceramente acuden a Jesucristo como a su Salvador del pecado. Sólo la conciencia de pecado hace que los hombres acudan al Salvador del pecado, y la conciencia de pecado despierta sólo cuando el hombre se halla frente a frente a la ley de Dios.

Pero los hombres no tienen conciencia de pecado hoy día; ¿qué hacer, pues? Recuerdo que hace un tiempo oí presentar ese problema en una forma conmovedora a un predicador que se sentía tristemente confundido. Aquí estamos, decía. Vivimos en el siglo veinte. Tenemos que tomar las colas tal como se nos presentan; y de hecho, nos guste o no, si hablamos con los jóvenes de hoy acerca del pecado y de la culpa no sabrán de qué hablamos; se apartarán de nosotros aburridos, y se apartarán del Cristo que predicamos. ? ¿No es realmente una calamidad? continuó. ¿No es una calamidad que se pierdan las bendiciones que Cristo tiene dispuestas ? para ellos si acudieran a él? ¿Si, pues, no van a acudir a Cristo a nuestro modo, no deberíamos invitarlos a que acudan a él a su manera? Si no acuden a Cristo a través de la conciencia de pecado que nacería del terror de la ley de Dios, ¿no podríamos hacerlos llegar a Cristo por medio del atractivo de las enseñanzas éticas de Jesús y la utilidad de su enseñanza para la solución de los problemas de la sociedad?

Me temo que en respuesta a tal proposición debemos responder que no. Me temo que tenemos que afirmar que ser cristiano es mucho más trágico que lo que tales personas suponen. Me temo que tenemos que decirles que no se puede llegar a la vida cristiana por ningún atajo. Me temo que tenemos que indicarles la puerta angosta y decirles que busquen al Salvador mientras lo pueden encontrar a fin de que los rescate del día de la ira.

¿Pero no es un caso perdido? ¿No es un caso perdido tratar de que la gente del siglo veinte tome la ley de Dios con toda seriedad y tema los pecados?
Mi respuesta es que sí es un caso perdido. Del todo perdido. Tan perdido como lo es que un camello pase por el ojo de una aguja.

Pero, no olvidemos que hay Alguien que puede hacer lo que parece imposible. Es el Espíritu del Dios vivo.

No teman, cristianos. El Espíritu de Dios no ha perdido su poder. Cuando lo crea conveniente, enviará a sus mensajeros incluso a una generación perversa, adúltera y negligente. Hará que el Monte Sinaí despida llamas; convencerá a los hombres de pecado; aniquilará su orgullo; derretirá sus corazones de piedra. Luego los conducirá al Salvador de las almas.

Ndjekësit

 

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